Adiós Francisco Cano

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Todo el mundo en el universo táurico sabía, si no conocía, a Francisco Cano. Paco o Canito le conocía el personal. Un hombre detrás de una cámara retratando la España entera tras el halo de la tauromaquia. Hombre que se hace famoso en el año 47 tras ser la única persona que retrata la trágica embestida de Islero sobre el frágil y espigado cuerpo de Manuel Rodríguez ‘Manolete’ que quiebra su vida. De ahí en adelante, sus fotos de los dominguines (Ordóñez incluido) con el famoseo de allende los mares llega al gran formato. Pero Canito era ante todo el fotógrafo de todos. A todos nos fotografió.

Para rato a principios de los setenta sabía yo quien era este hombre, ni ninguno de los que retrataba. Bueno, El Viti sí porque le gustaba a mi abuela, y el Cordobés porque salía de continuo en corridas y noticieros de la época tardofranquista. Para mí Canito era el fotero que venía en Sanfermines a casa de mi tía Rafaela en la calle Leyre, y que tenía muy mala gaita, según nos decía la buena de la alsasuarra para que le estorbáramos lo menos posible cuando salíamos del encierro a por el bocata de buena magra, rueda de carro, que nos cortaba la humilde y sencilla tía Rafaela.

Pero todo cambió un día. Salíamos del encierro y tras un chocolate en el Florida de Santi Irujo, nos acercamos a visitar a la tía para almorzar, darle gusto, y porqué no, pillar alguna rubia de esas que aparecía el caudillo un pelín perjudicado por años en su haber. Entramos al alboroto, jugando al encierro y a la carrera sin atender a los ruegos de la buena señora hasta el baño que nos fuimos. Cinco segundos se hicieron una eternidad. Todo de color rojo oscuro. Cintas negras sobre la cortinilla de la ducha. Cuerdas colgando con hojas mojadas. Y un ogro con los ojos desorbitados echando fuego por la boca y unas garras que con certeza cruzaron mi pequeña carita de ángel. La estampida hacia la calle fue mayor que el llanto que me afligía. La bronca posterior de órdago a la grande.

Tras aquel episodio, incluso en febrero cuando la tía cumplía años por San Blas, desde el rellano preguntábamos si estaba el ogro malo en casa, para no subir ni aquel primer piso encima del Larumbe, hoy derruido y pendiente de obra en un solar feísimo.

Fue en los ochenta, a finales, cuando un día me atreví en Bilbao a acercarme a aquel ogro y rememorar esa batalla más de tres lustros atrás. El gigante que echaba fuego se convirtió en un elfo dulce y fiel. Un afable hombre que paseó su Valencia por el mundo, su España y sus toros, y que siempre tenía un momento para sentarnos a recordar a mi abuelo, a la tía y su marido, y escuchar batallas de los cuarenta cuando conoció a mi abuelo, andanzas de ambos, historias del toreo. Yo preguntaba y él se daba. Y ya hace un par de años que le estoy echando mucho de menos.

Gracias por la merecida bofetada maestro de la vida, y sigue con tu cámara en el Olimpo de los dioses donde debes estar eternamente.

Patxi Arrizabalaga