Apoteósica vulgaridad

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SEVILLA. 11ª DE LA FERIA DE ABRIL

Alejandro Martinez

Una tarde de pesadilla. Una corrida insoportable. Eso fue la undécima de la Feria de Abril. ¿Los culpables? Todos los componentes del cartel. Pero no se vayan ustedes a pensar que los espectadores que asistieron a la Real Maestranza se marcharon horrorizados tras lo que tuvieron que soportar. La mayoría se fueron exultantes de felicidad porque habían visto correr al Fandi o pegar trapazos a Padilla. Y es que no se oyeron pitos ni protestas ante un espectáculo tan dantesco. Lo que se escuchó fueron aplausos y vítores. Mientras unos estábamos al borde del suicidio, otros se divertían como enanos. Cuestión de gustos que dirían algunos…

Pero no sólo tuvimos que soportar la infinita vulgaridad de la pareja mediática formada por Padilla y Fandi; la ganadería de Jandilla también nos dio la tarde. El hierro de Borja Domecq sorteó un encierro muy desigual de presentación con algunos astados gordos como pelotas y otros, como el sexto, que disimulaban con la cara su apariencia de novillos. Pero la fachada no fue lo peor. Tras dos jornadas en las que Victorino y Cuvillo nos habían dado una alegría, un respiro, a la Maestranza regresó la mansedumbre y falta de casta. Fueron los de Jandilla animalillos tullidos, nobles, sin gracia ni transmisión que duraron un suspiro y que terminaron sumidos en el más terrible de los descastes. Una corrida para pegar pases, pero nada más. Y eso exactamente, pegar pases, es lo que hicieron los tres matadores durante las más de dos horas y media que duró aquel suplicio.

Y mientras se iba sucediendo la tarde, algunos nos parábamos a pensar en lo que se ha convertido esta preciosa plaza de Sevilla. Ese templo de la Tauromaquia, ese coso de majestuosa belleza, ha terminado (por culpa de unos y otros) como una plaza más de talanqueras. Porque es que había que ver esas carreras y saltos, esos zapatillazos atronadores, esas formas de citar a cada cual más ventajista y horrorosa, esos espadazos al aire… y todo con la complicidad de un público festivo que nada tiene que ver con ese serio y conocedor que antes inundaba estos tendidos y gradas. Ahora ya todo vale en Sevilla. Incluso para cortar una oreja. Como Juan José Padilla al que le dieron un trofeo en el cuarto. ¿Por qué? Por andar pegando banderazos a cada cual más horrendo y despegado. Y es que ya nos sabemos la historia al dedillo. Es el nuevo Padilla, aquel que lo único que sabe hacer es vender drama y tragedia a base de lucir el parche y fingir delante de la cara del toro.

Con ese cuarto, un animal excesivamente abrochadito de pitones, anduvo delante a base de pisotones con nulo gusto y templanza. Lo mató rápido por arriba y el circo de los primeros tercios ayudó a que cayera la oreja. Dios bendito. Al primero lo recibió a portagayola. Le salió bien y después, de nuevo rodillas en tierra, saludó al toro con dos largas cambiadas. Una vez de pie, fuera del abrigo de tablas, quiso torear por delantales y en uno de ellos se echó al toro encima y acabó por los aires. Fue una cogida feísima de la que salió dolorido y con la taleguilla destrozada. Una vez repuesto, y con unos vaqueros por taleguilla, siguió a lo suyo. Era ese primero un toro feo y mal hecho. Tenía muchos kilos sí, pero no hechuras ni remate. Y con él Padilla hizo lo mismo que en el cuarto. Lo mismo de siempre. Muleteó de forma vulgar y acelerada, citando desde Cuenca, y despidiendo al de Jandilla lo más lejos posible. Era un toro de oreja, noble y con cierta movilidad, pero Padilla lo trató como a todos.

Y qué decir de El Fandi. Una vez más demostró que eso de la torería no va con él. Durante toda la tarde se dedicó a demostrar sus facultades físicas en interminables carreras hacia adelante o hacia atrás que enardecían a unos tendidos presumiblemente más aficionados al atletismo que al toreo. Pero a él le da lo mismo. Da igual que esté en la Maestranza, en Madrid, o en La Gineta, él ofrece el mismo espectáculo esté donde esté. Y así, siempre con brusquedades, trató primero al remiendo de Fuente Ymbro que hizo tercero. Fue el de Ricardo Gallardo un animal muy enmorrillado, descarado por delante y muy en tipo. Dio esperanzas al principio moviéndose con transmisión, pero se vino abajo muy pronto y acabó embistiendo cual borrica. El sexto, con cara, pero anovillado, fue otro manso sin fondo que se movió sin gracia alguna. El granadino, ya saben, se dedicó a pegar mantazos a diestro y siniestro sin la menor consideración hacia los presentes.

Para poner un mínimo de seriedad en el cartel estaba Miguel Abellán. Pero tampoco fue la tarde del madrileño. Es verdad que no tuvo gran cosa delante, pero aburrió hasta el extremo a base de alargar dos trasteos que nunca calaron en el tendido. Con su primero, noble pero flojo y descastado, anduvo aseado y sin apreturas. Lo mejor, la certera estocada. Y con el quinto, un deslucido zancudo que manseó muchísimo se puso pesado para no lograr recompensa.

Plaza de toros de la Real Maestranza de Sevilla. 11ª de la Feria de Abril. Con tres cuartos de entrada, se lidiaron cinco toros de Jandilla y uno (3º) de Fuente Ymbro, muy desiguales de presentación, mansos y descastados.
Juan José Padilla (purísima y oro): ovación con saludos tras aviso y oreja.
Miguel Abellán (corinto y plata): ovación con saludos y silencio.
El Fandi (coral y oro): ovación con saludos en ambos.

 

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Fotografía. Pagés