CRÓNICAS DÍA 10

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El rodillazo, rey de Pamplona

Muchos dicen que Pamplona es una plaza dura y difícil para los toreros. Yo creo que no. Bueno, es verdad que hay que reconocer el trapío general de los animales que se lidian en este coso; pero al margen del toro, los que acuden a torear a Pamplona deberían ser conscientes de lo fácil que es cortar las orejas en San Fermín. Todos deberían conocer el secreto para rendir al público pamplonica: el rey y todopoderoso rodillazo. Y si no que se lo digan a Miguel Abellán. El madrileño, vestido una vez más de comunión, se marchó a hombros por la puerta grande tras rendir a Pamplona. Pero no, no se crean que lo consiguió a base de derechazos y naturales ajustados, puros y profundos; ni tampoco después de jugársela a cara o cruz con un toro exigente y encastado; Abellán triunfó tras echarse de rodillas y pegar pases para las peñas del sol.

Fue ante el cuarto, un toro noble que no estaba sobrado de fuerzas pero que aguantó e incluso fue a más en el último tercio. Tuvo calidad, pero su matador no la aprovechó para torear de forma exquisita. Miguel Abellán pegó pases siempre despegado a una distancia sideral. De todo el conjunto tan sólo se salvaron algunos muletazos sueltos, pero ello no fue inconveniente para que cortara la oreja. Oreja que podrían haber sido dos si la señora presidenta hubiera atendido la petición del sabio y exigente público que llenó los tendidos de la monumental pamplonesa. Y es que Abellán había conseguido algo sumamente difícil que no todos son capaces de hacer. Sí, que el público de sol, las peñas que acuden cada tarde a comer y beber, prestaran atención a lo que sucedía en el ruedo. Fue en el tramo final del trasteo, cuando el madrileño ya se cansó de pegar pases en redondo. Entonces, sabedor de que tenía cerca la puerta grande –en el primero había cortado otra oreja-, Abellán se tiró de rodillas y empezó a hacer circular al toro alrededor suyo. Un circular para acá, otro para allá; después un rodillazo con desplante; tiro la muleta y la ayuda y me descaro ante el toro… Y así hasta poner a todos en pie. Cogió la espada, dejó una estocada y el de Fuente Ymbro cayó. Y a partir de ahí, el clamor. Sólo un trofeo le concedió el palco, pero ni él ni el público quedaron satisfechos. Unos pitaron y abroncaron desde el tendido, y el protagonista –orgulloso de la “faena antológica” que acaba de firmar- miró gesticulando hacia la presidencia en una actitud tan provocadora como poco torera. ¡Qué injusticia!, ¡qué robo a mano armada!, ¡qué dureza la del palco! Instantes después, tras el enfado, la vuelta al ruedo clamorosa del nuevo ídolo de Pamplona.

Ese fue el epílogo a la afortunada tarde de Abellán en la Feria del Toro. Afortunada porque a él le correspondieron los únicos dos toros con ciertas opciones de la mansa y descastada corrida de Fuente Ymbro. Por cierto, cuarta corrida de toros, cuarto petardo ganadero. El que abrió plaza, un toro castaño, correctamente presentado, bien hecho y con una encornadura muy mexicana, tuvo nobleza y repetición, pero la transmisión muy justa. Sí, fue pronto y fijo, pero se fue aburriendo. Miguel Abellán, dispuesto, construyó una faena irregular en la que destacó toreando al natural. Con la mano izquierda firmó una buena serie en la que toreó vertical y desmayado. Después también dejó un gran natural. Uno, suelto. Más retorcido y lineal se mostró con la diestra, pero tras la estocada de rigor, los pañuelos aparecieron en los tendidos y le dieron una orejita.

Por lo demás, el sexto festejo de la Feria de San Fermín destacó por la decepcionante corrida de Fuente Ymbro. Encierro sin exageraciones en la presentación y que estuvo presidido por la falta de casta, la flojedad y la mansedumbre. Un pleno en toda regla. El único astado que se salió del guion fue el sexto. Este último, el único negro del sexteto y más fino y en el tipo de la divisa gaditana, tampoco evidenció una fortaleza excesiva de salida. Además, como buen manso, intentó saltar al callejón en varias ocasiones. Como a todos lo cuidaron en varas, es decir, no le castigaron nada en el caballo. Sin embargo, al contrario que sus hermanos que se acabaron viniendo muy abajo pese al leve castigo, este sacó genio y puso en aprietos a Iván Fandiño. El de Orduña, que cumplía con su segundo y último paseíllo, anduvo muy firme en una labor valiente y asentada. Poco a poco, el de Fuente Ymbro se fue quedando más corto con una embestida descompuesta e incómoda. Escarbaba cada dos por tres, pero Fandiño se puso en el sitio y no se tomó ninguna ventaja. Tanto expuso que en uno de los muletazos, el animal se metió por el pitón derecho y cogió al torero. La voltereta, feísima, precedió a unos instantes dramáticos en los que el toro buscó a Fandiño en el suelo y le rozó la cabeza con los pitones. Aturdido fue recogido por sus compañeros pero volvió a la cara de su oponente. Lo hizo sin chaquetilla y con la cara ensangrentada. Y, de nuevo, intentó el toreo en redondo y logró algunos muletazos de mucho mérito. El de Fuente Ymbro era manso y geniudo, sí, pero al menos en ese último capítulo de la tarde hubo emoción y autenticidad. Podría haber tenido premio el esfuerzo de Fandiño, pero esta vez no anduvo acertado con la espada.  Con el noble e inválido tercero lo intentó con más voluntad que lucimiento.

Por su parte, Miguel Ángel Perera, en la primera de sus dos tardes en San Fermín, se estrelló con un lote que apenas ofreció ninguna opción de triunfo. El segundo, feo y acochinado, fue un manso sin clase; mientras que el quinto, noble y descastadísimo, se afligió muchísimo en el último tercio e intentó echarse para morir antes de que el extremeño lo matara de un horrendo espadazo. Vulgar y pegapases en su segundo, ante el primero de su lote anduvo más técnico que lucido e intentó conducir la descompuesta movilidad del toro de Fuente Ymbro bajando mucho la mano.

 

  • Plaza de toros de Pamplona. 6ª de la Feria del Toro. Lleno. Se lidiaron seis toros de Fuente Ymbro, desiguales aunque correctamente presentados y de manso, flojo y descastado juego. Dentro del suspenso, 1º y 4º dieron más opciones.
  • Miguel Abellán (blanco y plata): oreja y oreja con petición de la segunda y dos vueltas al ruedo.
  • Miguel Ángel Perera (verde botella y oro): silencio tras aviso y silencio.
  • Iván Fandiño (gris perla y oro): silencio y silencio tras aviso.

Alejandro Martínez en:  porelpitonderecho.com

Un suicidio y sangre heroica

En su libro Seis claves del arte de torear (Ediciones Bellaterra, 2013), el filósofo francés Francis Wolff cuenta de manera concisa que la tauromaquia dieciochesca giró en torno a la actualmente denominada suerte suprema, el momento final y decisivo, la hora de matar al toro. Hacia 1830, constituidos ya los tres tercios de la lidia, cobró importancia el dominio del hombre sobre la bestia, como prueba irrefutable de la superioridad de la razón y la inteligencia propiamente humanas. La dominación pasaba a ser un fin en sí misma y la muerte la prueba de dicha superioridad, dejando atrás tiempos en que la muerte era el objetivo al que quedaba supeditada la dominación. Fue en la Edad de Oro, pasado 1910, cuando Juan Belmonte introdujo, en las oscuras capeas de torerillos prófugos de “La Tablada”, el toreo moderno, que fundía la ética y la estética del hasta entonces conocido. Belmonte aunó dos conceptos que hasta ese momento eran irreconciliables: el torero no sólo se jugaría el tipo para demostrar su superioridad sino que, al mismo tiempo, crearía una obra de arte con su propio cuerpo.

Hoy, en la sexta de San Fermín, Miguel Abellán abrió la Puerta Grande sin acordarse de los principios belmontistas sobre los que su tauromaquia (y la de todos) debe asentarse. Dejó de lado la ética de jugarse el cuerpo, con la suerte cargada y el toro ceñido, para pasarse al bando periférico y ventajista. Se adueñó del pico de la muleta para utilizarlo como recurso mentiroso: el de no embeber la embestida del toro y aprovecharse de esa circunstancia para pasearlo cual perro inofensivo. Abellán se colocó, además, fuera de cacho, cuando no en el cobijo que da la pala del pitón. Belmonte, de verlo, se habría vuelto a suicidar. El madrileño cortó así una oreja al serio abreplaza: le valieron un inicio entregado y suficiente inteligencia para acompañar sin mandar la briosa y enclasada acometida del oponente. Un natural fue soberbio, sólo uno; uno en el que metió riñones, enganchó al toro dándole el medio pecho, le bajó la mano y lo llevó hacia los adentros. Lo demás, pases vacíos. Como vacíos fueron también los que el sumiso cuarto aceptó. Fueron las suyas embestidas alegres y boyantes, propias del buen Domecq -en ambos sentidos de la palabra, en calidad de comportamiento y en benevolencia de intenciones-. El largo pitón izquierdo fue de lío, pero no lo vio Abellán que, con otro trasteo irregular e insignificante a partes iguales, se conformó con la mitad del premio que debió obtener. Hubo horrendos circulares que bien sirvieron para resumir su afanosa labor. Pero, en definitiva, sumó dos trofeos con fuerte petición del tercero, que quedó en vano gracias a asesores y presidenta. Discrepó ostensiblemente el torero, que incentivó la protesta de las peñas con gestos vulgares y patéticos. Y es que este año no damos para tanto numerito de los matadores.

Y con esto, fin de la corrida. El resto de la tarde estuvo marcada por la inservible corrida de Fuente Ymbro. Inservible y, dicho sea de paso, sospechosa de pitones. En Pamplona. Hubo a lo sumo cierto interés en el encastado y correoso sexto, que quedó crudo en el caballo y requirió unos doblones que nunca obtuvo. Iván Fandiño no se confió hasta que una fuerte voltereta lo despertó; en ese momento, al fin, echó la moneda al aire: bajó la mano, dio poder a su muleta, toreó hacia los adentros y, sintiéndose podido, el manso capituló. La cara ensangrentada de Fandiño recordó a esa vista imagen de José Tomás, el héroe que pagó la victoria con su propia sangre. Lástima que ante estos tintes épicos el sainete a espadas privara al vasco de tocar pelo. Su primero fue tan bonito como inválido. Invalidez y defensa en las embestidas que Fandiño leyó para, con buen criterio, abreviar. De esos veinte minutos sólo fue destacable el excelso par de banderillas que Miguel Martín clavó asomándose al balcón.

Al extremeño Miguel Ángel Perera, para su desgracia -y, viendo su hasta ahora floja temporada, para más inri-, le tocó el mal lote. El impresentable por mal hecho segundo se comportó como correspondía a sus hechuras y a su corto y montado cuello: rebrincado, sin humillar, protestón y rajado. La mano baja del adversario hundió al toro en su miseria. El pero de Perera: descargó la suerte de manera sistemática. De hecho, también lo hizo con su segundo, el quinto, templado de salida que se vino arriba en banderillas para quedarse sin combustible cuando el cronómetro empezó a correr. Se recogió y encogió, como evidenciando el mal que en él habían hecho los ingredientes que aseguran encierros seguros. Y habría muerto sin necesidad de estocada.

Pamplona. Seis toros de Fuente Ymbro: primero abierto de sienes, nada exagerado; segundo mal hecho, atacado; tercero bajo, bien conformado, cuarto serio, gordo; quinto armónico; sexto feo. Miguel Abellán (blanco y plata):Oreja, oreja con petición de la segunda. Miguel Ángel Perera (verde botella y oro): Silencio tras aviso, silencio. Iván Fandiño (gris plomo y oro): Silencio y silencio tras aviso.

Íñigo Martín Apoita en: purezayemocion.com