Crónicas día 12

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MUCHA, MUCHA, MUCHA PUYA

La tarde de hoy se puede comentar como la historia de un hierro ganadero que crea psicosis antes de comenzar la corrida entre las cuadrillas y que debido a eso, no se le deja un margen de confianza y se la cargan en el tercio de varas.

Ese fue el gran problema de la corrida del Conde de la Maza. Esta puya asesina de ahora, es el elemento perfecto para cortar intenciones de los toros y justificar un petardo torero con el “se apagó pronto”

El primero pese a sufrir también un horrendo tercio de varas, se movió y propicio embestidas que Eugenio de Mora encauzó en plan pega pases. Faltó poso y temple, pero con una estocada entera, a la Pamplona dominguera le dio igual que al torero se le fuera el toro y le pidió una oreja. Rebajas por San Fermín.

Luego la vara se cargó lo bueno, si lo tenían, de los cinco toros restantes. La mano del picador la domina el torero pero hoy los toreros no dominaron su confianza con el toro. Mucha, mucha, mucha puya y soñolencia en el tendido.

Eugenio se dobló bien en el inicio de faena con el cuarto hasta que se agotó de inmediato, Antonio Nazaré puso ganas sin suerte ni espada y un desconocido Juan del Álamo, anodino, sin arrear, nos decepcionó sobremanera, cuando esperamos que este torero al menos, arree. Si uno se apunta a la del Conde de la Maza en Pamplona ya debe tener claro a lo que se atiene.

Ficha:

Plaza de Toros de Pamplona. Domingo 12 de Julio. 8ª feria de San Fermín

Toros de Conde de la Maza, noble el 1º y deslucidos los demás condicionados por nefastas lidias.

Eugenio de Mora: Oreja y Silencio

Antonio Nazaré: Silencio y Silencio

Juan del Álamo: Silencio y Silencio

Entrada: Lleno

(Fran Pérez  en: trapiotoros.blogspot.com.es)

La toreros pusieron más que los mansos del Conde de la Maza

Los toros sevillanos del Conde de la Maza, los de más volumen y peso de cuantos van lidiados hasta el momento en estos Sanfermines, lucieron una imponente estampa: largos, muy cuajados de carnes, musculados y con unas ofensivas arboladuras, impresionaban en cuanto aparecían en el ruedo.

Otra cosa fue cuando, instantes después, tenían ya que demostrar ante capotes, puyas, banderillas y muletas lo que llevaban dentro, que en realidad fue prácticamente nada.

Sin bravura en los caballos, donde les castigaron a la medida de su tamaño, todos llegaron a la muleta sin raza alguna en las embestidas, parándose y respondiendo a cabezazos a los cites, cuando no con un áspero genio defensivo y desarrollando sentido.

Aunque tampoco tuvo calidad, el primero de la tarde fue el único que tuvo un cierto recorrido tras la muleta de un Eugenio de Mora que, con buen oficio, se agarró a esa escasa virtud para ir creando una faena más aseada que vistosa.

El inicio del trasteo con las dos rodillas en tierra, al igual que lo fue el final ante de la puerta de chiqueros, resultaron los momentos de más conexión con el tendido, donde se pidió una oreja tan generosamente como se concedió.

A partir de entonces fueron saliendo al ruedo pamplonés, en mejor estado que en las tardes anteriores, los cinco mansos restantes, como el segundo, que tuvo cuerpo y comportamiento de morucho y con el que Antonio Nazaré expuso en vano.

El tercero se rajó prácticamente desde que pisó la arena y desde ese momento fue empeorando su actitud hasta reservarse y orientarse frente a un inédito Juan del Álamo, para luego echarse rendido tras dos pinchazos pellejeros.

Los tres últimos toracos de la mansada sobrepasaron los seiscientos kilos de peso, sin que ello signifique que tuvieran más poder ni raza. El feo cuarto fue un cornalón que no cesó de soltar tornillazos sin regalar ni medio metro de embestida a Eugenio de Mora.

El quinto, en cambio, de un gran y armónico trapío, sacó también genio por el astifinísimo pitón izquierdo pero, sin emplearse tampoco, al menos se dejó hacer por el derecho.

Esta vez Nazaré logró mejor respuesta del enemigo a base de aguantar con firmeza y suavizar con temple el constante cabeceo desganado del toro, en un pulso en el que el torero puso infinitamente más que el animal.

Y ya con la pésima tarde vencida, Del Álamo intentó remontar el ambiente embraguetándose a la verónica con el sexto, tan grande como sin clase.

Insistió el salmantino una y otra vez con convicción para atemperar los pechugazos, que no embestidas, del toro pero sin obtener mayor recompensa que unas tibias palmas a su mucha voluntad.

FICHA DEL FESTEJO

Seis toros del conde de la Maza, de ofensivas cabezas y con mucho volumen y peso, aunque desiguales de hechuras. Salvo el manejable y soso primero, el resto de ejemplares compusieron un lote de acusado descastamiento: todos mansos y a la defensiva, alguno incluso con genio violento.

Eugenio de Mora: estocada trasera (oreja); media estocada trasera desprendida, estocada trasera desprendida y descabello (silencio).
Antonio Nazaré: estocada honda perpendicular (silencio); estocada tendida atravesada y seis descabellos (silencio).
Juan del Álamo: dos pinchazos (silencio); media estocada desprendida y descabello (silencio).

Octavo festejo del abono de San Fermín, con lleno en los tendidos.

(Paco Aguado para EFE)