La reconciliación se llama Diego Urdiales

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Alejandro Martínez

Vivimos malos tiempos en la Tauromaquia. Por supuesto, cuando hablo de Tauromaquia me refiero a la Tauromaquia clásica, la antigua, a esa que ha tenido vigencia durante décadas y cuyos valedores han sido toreros con mayúsculas como Joselito y Belmonte, Domingo Ortega, Manolete, Luis Miguel, Paco Camino, El Viti… y un largo etcétera de matadores que se caracterizaron, no sólo por sus condiciones privilegiadas para hacer el toreo, sino por un compromiso y un amor propio que les hacía siempre querer ser los mejores. Y ello no consistía sólo en ver quién era el que más orejas cortaba, sino también en quién instrumentaba el mejor toreo, quién lograba dar un paso más. No se dejaban ganar nunca la pelea y por eso no tenían reparos en competir entre ellos y con los que arreaban por detrás, ni tampoco ponían peros a matar de todo y hacer determinadas gestas cuando el momento lo requería. Eso, en general, ha pasado a la historia hoy en día y por esa razón digo que la Tauromaquia vive malos tiempos. Otra cosa es si a lo que nos referimos es a la fiesta actual, esa cuyos valedores son toreros que se caracterizan en matar un sólo tipo de toro (descastado y noble hasta el extremo), en arroparse entre ellos para ir lo más cómodos posible, y en ejecutar un toreo ventajista que nada tiene que ver con el que los cánones clásicos marcan.

Pero en este contexto desalentador en el que ya pocos aficionados se preocupan de estos aspectos, hay un torero que, por sus formas y personalidad, nos ha conseguido reconciliar con el toreo. Su nombre: Diego Urdiales. Y esta tarde, en Valencia, lo volvió a demostrar. Tras cuatro días marcados por la vulgaridad y el ventajismo (a excepción de la faena de Morante el sábado), el torero de Arnedo llegó al coso valenciano y dio toda una lección de lo que es torear. Y recalco lo de torear, que no es lo mismo que dar pases. Pues bien, pese a que a punto estuvo de quedarse fuera de esta Feria de Fallas, la presión de la escasa afición que queda obligó a meterlo en los carteles. Diego Urdiales, que firmó el año pasado los mejores naturales que se dieron en la plaza de Las Ventas de Madrid, hoy, en Valencia, nos volvió a emocionar con su mano izquierda. Y todo, a pesar de tener enfrente un “toro” indecente. El tercero de Alcurrucén, mal presentado, feo y anovillado, además llegó al último tercio sin casta ni fuerza. Tuvo tanta nobleza, como poca  emoción. Por suerte, tenía delante a un torero en estado de gracia. Urdiales primero lo comenzó a torear con la mano derecha. Asentado, sereno, en su sitio, corrió la mano con templanza y sin aspavientos. Pero lo mejor llegó al natural. Diego Urdiales hilvanó muletazos de un trazo bellísimo, y lo hizo colocado como mandan los cánones. Dando los frentes, cargó la suerte y remató los muletazos atrás, en la cadera. ¡Por fin! Parecía mentira, pero ahí estaba un torero demostrando que se puede torear de verdad y a la vez bonito. ¡Olé! Hasta hubo sitio para un molinete cargado de torería y algunos detalles preciosos. Tenía una oreja de peso cortada, pero falló con la espada. Tras pinchar en una ocasión, dejó una estocada que hizo guardia y aún tuvo que hacer uso del descabello. Recogió una ovación y perdió un trofeo, pero qué más da, ahí quedaba su pureza, concepto y torería.

Tampoco tuvo Urdiales excesivamente suerte en el sexto, un toro precioso de los Lozano muy en el tipo de Núñez. Estrecho de sienes, engatillado y tocadito de cuerna, armonioso de hechuras y algo ensillado, su bella estampa no estuvo acompañada de bravura. Comenzó moviéndose algo más que alguno de sus hermanos, pero siempre marcó un punto de mansedumbre y le faltó clase y pujanza. Diego volvió a dejar notables muletazos conseguidos, la mayoría, de uno en uno, colocándose bien, pero sin terminar de ligar. No cortó orejas, no se marchó en hombros entre el clamor popular, pero Diego Urdiales consiguió algo mucho más importante y difícil en la quinta corrida de la Feria de Fallas: reconciliarnos a muchos con la Tauromaquia, recordarnos porqué amamos esta fiesta.

El resto de la tarde, por el contrario, fue para olvidar. Para empezar, total decepción la de la corrida de Alcurrucén. Muy desigual de hechuras, y con varios astados muy por debajo de la presentación exigible, el encierro de los Lozano fue todo un desfile de mansos, flojos y descastados, y tan sólo el segundo sacó algo de fondo en el último tercio. Pero no se preocupen, que los dos compañeros de Urdiales no se quedaron atrás. Por un lado, Padilla; por otro, Abellán. En diferentes facetas, ninguno de los dos estuvo a la altura. El primero hizo lo de siempre: pegarse unas cuantas carreras en banderillas y torear aliviado, sin estilo ni temple. Su primero, un negro girón de cómoda cabeza, tras salir muy frío de chiqueros sufrió un horrendo castigo en el caballo. Traseros y caídos, los dos fuertes puyazos que le propinaron le acabaron pasando factura. Y peor fue lo del cuarto, un bonito colorado que a mitad de faena se acabó echando. O bien porque se hizo daño, o bien porque no tenía ni un ápice de fuerza ni casta, el caso es que lo tuvieron que apuntillar en el centro del ruedo.

Por su parte, Miguel Abellán también dio toda una lección. Sí, una lección de cómo torear lo más despegado posible. Su primero, el que hizo segundo, se calentó en el último tercio y llegó a repetir con cierta transmisión y recorrido por abajo. El madrileño, vestido (otra vez) de comunión, corrió y bajó la mano, pero siempre citando desde Cuenca y rematando los muletazos todavía más para afuera. Eso por no hablar de lo espatarrado y retorcido que toreó. Con este al menos estuvo certero con la espada, todo lo contrario que ante el quinto, al que pinchó hasta cuatro veces.

 

  • Plaza de toros de Valencia. 5ª de la Feria de Fallas. Con menos de media plaza, se lidiaron 6 toros de Alcurrucén, desiguales y algunos mal presentados, y de pésimo juego por su mansedumbre y falta de fuerzas y casta.
  • Juan José Padilla (frambuesa y oro con cabos negros): saludos tras aviso y saludos.
  • Miguel Abellán (blanco y plata): vuelta al ruedo y silencio.
  • Diego Urdiales (azul marino y oro): saludos tras aviso en ambos.
  • http://www.porelpitonderecho.com/inicio/la-reconciliacion-se-llama-diego-urdiales-1625