La vibración de la casta

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Fue una verdadera pena que no se permitiera que Agitador, el segundo de la tarde, ensabanado de pelo y 515 kilos de peso, acudiera por tercera vez al caballo. Entre el torero y el presidente privaron al género humano de un espectáculo singular, de esos que ocurren muy de vez en cuando, pero que llenan el alma de una indescriptible sensación de belleza.

El toro y un torero a caballo, el picador Pedro Iturralde, habían protagonizado momentos antes una de esas fiestas que por sí solas justifican la afición a los toros.

Estaba Agitador a varios metros de la segunda raya, y el caballo, en la contraquerencia, como debe ser; el picador que se deja ver, muestra el pecho del caballo y cita a su oponente. Agitador, fija la mirada con preferente atención, levanta la cara, se engalla, y comienza un galope espectacular mientras Iturralde lo espera con la vara en posición de combate. Es un instante, un segundo, quizá, pero parece intemporal. Galopa el toro, ya llega a la jurisdicción del caballo, y una imperceptible cámara lenta permite captar cómo la puya clava en todo lo alto en el momento mismo en el que se produce el feliz encuentro. Corto fue el puyazo y no destacó la pelea del toro, pero ahí quedó el maravilloso espectáculo.

La suerte quiso que hubiera repetición. Otra vez el toro de largo, la plaza ya conmovida, con los sentidos prestos, -que no se mueva un alfiler-, se mastica el emocionante silencio que precede a los destellos imborrables. Otra vez el picador en su sitio, erguido sobre la montura, con la respetable chulería de quien se siente torero, y Agitador que responde a la mínima llamada y vuelve a galopar; y otra vez ese instante de locura, de gracia y de pasión que encierra el tercio de varas.

La plaza irrumpió en una atronadora ovación que se repartieron el toro y el picador, y algo quedó también para el caballo, que hizo su papel muy bien hecho, que para eso está.

Agitador había acudido con presteza al capote, y si no destacó más en las banderillas fue porque no brilló la lidia, si bien es verdad que el animal berreó y escarbó antes de perseguir a la cuadrilla.

En tablas estaba cuando Paco Ureña lo citó, muleta en mano, desde el centro del ruedo. Como una bala acudió el toro en busca de la franela, desbordante de codicia, y el torero aguantó firme y heroico el vendaval de casta que se le vino encima. La segunda tanda resultó casi perfecta: plantado en la arena, bajó la mano, mandó en la embestida y dibujó muletazos extraordinarios; sin solución de continuidad tomó la zurda y trazó un natural que con aire de circular. No tuvo la misma templanza la tercera, y bajó el tono vital del toro por el lado izquierdo. Agotado, quizá por tanto esfuerzo, aún tuvo arrestos para arrastrar el hocico en una quinta tanda de derechazos, y unas manoletinas ajustadas pusieron el punto y final a un momentazo de emoción.

El torero se quedó sin trofeos porque mató mal, y porque su actuación no fue todo lo redonda que el toro exigía. Quizá, faltó experiencia y oficio. No debe ser fácil someter a cánones artísticos la fortaleza de la casta. Pero Ureña no volvió la cara en ningún momento, le sobran ganas y corazón, y tuvo, quién sabe, la mala suerte de encontrarse con un toro que era mucho toro para una plaza tan exigente como esta. Agitador fue largamente aplaudido en el arrastre y algunos pidieron la vuelta al ruedo, que parecía exagerada; pero ahí quedó el espectáculo, que cualquiera sabe cuándo el género humano tendrá oportunidad de extasiarse de nuevo.

Ureña lo intentó de nuevo ante el quinto, muy blando y soso, y sus deseos no fructificaron. También lo intentó con muy buenas maneras El Payo, vistoso con el capote, y responsabilizado y hondo con la muleta. Consiguió tandas meritorias y aisladas por ambos lados ante su primero, sin rematar en una labor de peso, y se aburrió ante el descastado sexto.

Y el que nos aburrió a todos fue César Jiménez, que ofreció una imagen muy triste, sin convencimiento alguno. Su actitud fue de derrota, de conformismo e indolencia. Parece que vino a Madrid a rellenar un formulario, y eso no está bien, porque hay muchos toreros enlagrimados por venir a esta feria. ¿Para qué ha venido usted a San Isidro? Me alegro que me haga esa pregunta.

(Fuente: Antonio Lorca en cultura.elpais.com  Foto: las-ventas.com)