Manifestaciones y adhesiones incondicionales

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Uno de los ejercicios de libertad más apreciados por los que dentro de si albergan un espíritu democrático es el derecho a manifestarse, el derecho a opinar libremente y a hacerlo con cuantos quieran y dónde quieran, sin temor a que nadie les pretenda callar a la fuerza, ni que intenten influir en las ideas de cada uno. A veces es complicado diferenciar lo que es una manifestación hecha en libertad y en conciencia y lo que simplemente se monta como un acto de adhesión incondicional dirigido a favorecer intereses personales de unos cuantos. Eso sí, que siempre te presentarán el plato de forma apetecible, que incluirán algunos ingredientes a los que saben que no te podrás resistir y que tramposamente te echarán en cara tus decisiones, si no sucumbes a sus deseos.

En estos días se ha convocado una manifestación más, supuestamente en favor de la tauromaquia, pero que viniendo de quién viene la propuesta, los términos en que se plantea y las formas, a uno le despierta todas las desconfianzas del mundo. Soy consciente de que habrá quién opine que si es a favor de la tauromaquia no cabe lugar a dudas y que sin pensarlo hay que enredarse en la bandera del taurinismo y salir a la calle a exigir la defensa de “lo nuestro y de nuestras tradiciones y nuestra historia”. Nadie se puede negar a eso, absolutamente nadie; lo malo es que un lema tan florido y rimbombante es la tapadera que cubre un barril de estiércol y los que me quieren manipular son los que me obligan cada tarde a meter la cabeza en el balde y a respirar esa fetidez mareante, a saborear el gusto de toda esa inmundicia y además a cantar lo delicioso y embriagante que todo eso resulta. Quizá piden demasiado, ¿no? Más bien parece un abuso de la buena voluntad y buenas intenciones del respetable, al que por cierto nada respetan, ni tan siquiera cuando este va con los billetes por delante.

Podría empezar por los carteles de Castellón de Valencia como evidencia de lo dicho más arriba, pero no, esas no son mi plaza y no soy quién para pretender imponerles mis gustos. ¿Ellos se entusiasman con el medio toro, los toreros titiriteros y con el Soro? Pues adelante con ello, son muy dueños, pero primero, que no me pidan que dé mi apoyo a eso, porque yo, personalmente, lo considero una verbena y un espectáculo del que me avergüenzo. Aparte de tener mis dudas acerca si eso es lo que le gusta a las aficiones de Castellón y Valencia, que en otros momentos se emocionaron con el toro de verdad y con los toreros de una pieza, así que por lealtad a esos buenos aficionados, permítanme que no me adhiera incondicionalmente a “su númerito callejero”. Que ya está bien de andar considerando tontos a los que pagan por una entrada en esas plazas del mundo. Peo lo que sí exijo es que en mi plaza, y la de tantos, vivan o no en Madrid o hayan nacido en la Villa y Corte, pero que son aficionados de Madrid, aquí les ruego, les exijo, que no traten de meterme sus “tradiciones, usos y costumbres”. Les doy la libertad de que echen por tierra el prestigio y honor taurino de su tierra, de su plaza, pero hagan el favor de dejarnos en paz a los que andamos por el centro de la Meseta, haciendo equilibrios entre la Mancha y los campos de Castilla. Bastante han desprestigiado ya “lo nuestro”. E insisto, no voy a ser tan estúpido de cerrar el derecho a ser afición de Madrid al nacido y residente en Linares, Murcia, Trujillo, Aragón, Euskadi o Villalón de Campos, sería negar “lo nuestro y nuestras tradiciones”, a los que tanto han contribuido a engrandecer mi plaza.

Nos piden que vayamos a manifestarnos de forma incondicional y sin el menor asomo de sentido crítico, ni disconformidad alguna con las doctrinas oficiales, justo después de ver unas fotos y un vídeo de dos figuras del toreo “ejercitándose” delante de unos animalejos que no pasarían ni por novillos en una plaza de tercera. Pero, ¿con qué derecho se ven para exigirme silencio y que agache la cabeza admitiendo tales atropellos a la Fiesta de los Toros? Que siempre me saldrá el espabilado de turno que te justifica la vergüenza con aquello de que es la forma de vida de unas personas que también tienen derecho a su trabajo. Visto lo visto, a lo mejor tenemos que pensar que han obligado la profesión y que tan solo deberían haber llegado a matarifes y no a matadores de toros, que otros no pueden llamarse periodistas y tendría que conformarse con ser voceros, ni tan siquiera heraldos, ni pregoneros, de la misma forma que los que se condecoran como aficionados no pasarían de simple chusma taurina que vende su alma por un trago de la bota, por un yintonic o por merendar en público, para que todo el mundo sepa que se las traga dobladas. Manifestémonos, sí, hagámoslo con entusiasmo para defender lo nuestro, nuestra historia y nuestras tradiciones, faltaría más, pero no para salvar el negocio de unos mangantes, su largo historial de fraude y mentiras y esa tradición que tanto apesta de sacrificar lo más sagrado de este rito en favor de arañar cuatro céntimos, incluso a costa de cobrarlos a cuenta por el cadáver que finalmente acabarán entregando al primero que les dé sus treinta monedas. No cuenten con mi apoyo, al menos mientras todavía pueda distinguir entre manifestaciones y adhesiones incondicionales.

(Fuente: Enrique Martín en su blog, torosgradaseis.blogspot.com.es)