Reconocimiento a Iván Fandiño

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Con un solo gesto, ha decidido convertirse en un hombre del cinquecento al intentar reformar y poner en contradicción ese bálsamo de paz que reina entre las figuras del toreo actual. La Tauromaquia ha de ser, a la vez, revolucionaria y tradicionalista.

Por José Vega
En pleno siglo XXI, un artista del toreo me ha hecho volver a la edad moderna italiana con un simple gesto. En la Italia quattrocentista reinó la estabilidad y la serenidad, como en estos momentos está ocurriendo en la Tauromaquia en las partes altas del escalafón. Tanta es la comodidad que da el poder que, incluso, se sienten inmunes a los ataques antitaurinos. Hasta que llegue el ataque sorpresa. Pero no quiero desviarme del sentido de este escrito.

Un artista del toreo, como Ivan Fandiño, ha decidido, con un solo gesto, convertirse en un hombre del cinquecento al intentar reformar y poner en contradicción ese bálsamo de paz que reina entre las figuras del toreo actual. Es palpable que la crisis de competencia se ha instalado en la Tauromaquia. Ya no se concibe el Toreo como una lucha por ser el mejor frente a cualquier tipo de toro, sino de ser el que mejor torea a un tipo de toro: el de los 80 pases. Ya no se concibe ser un Maestro del toreo como la sabiduría para enfrentarse a las dificultades, o no tantas, que cada encaste conlleva…

Iván Fandiño, con la corrida del domingo se ha enfundado la capa toscana del cinquecento y como el hombre de esa época, ha comenzado el cambio. Ya no basta la contemplación ni el triunfo previsible, sino que es necesaria la épica y la esperanza por la recuperación de los encastes en las ferias con la normalidad y que las figuras se enfrentaran a ellos con total naturalidad y compromiso. Ello haría que los ganaderos, a veces derrotados por el poco mercado que tienen sus reses, intentaran sacar el mejor producto sin salirse de la idiosincrasia de cada casa, de cada sangre. En definitiva los toreros indagarían, enseñarían que la Tauromaquia puede ser bella o correcta con 20 pases por las piernas, dominar a la fiera indómita y, una vez hecho esto, que sacara su nobleza combativa y embistiera con posibilidad de crear arte en tres o cuatro tandas, porque con estos toros, también es posible la representación de lo bello.

Al igual que en el siglo XVI, Iván, puede el domingo descubrir las contradicciones que se tienen en este, permíntanme llamarlo así, “quattrocento taurino”. Esas antítesis que están en boca de los taurinos de que las “figuras sólo lidian lo que embiste”. Fandiño ha decidido apostar y enseñarnos por qué esta premisa es errónea. Bien es verdad que mi opinión es que ha sentido la necesidad de recurrir a esta gesta por la mala gestión de la campaña pasada, pero por otro lado ¡bienvenida sea!.

La Tauromaquia ha de ser, a la vez, revolucionaria y tradicionalista, moderada y clasicista en las formas del toreo, pero que enfrentándose a todos los toros enseñen que hay otros caminos. En otro campo queda la defensa que se haría de la Tauromaquia al lidiarse todos los encastes y, con ello, salvaguardar la diversidad genética del toro de lidia que científicamente probado es única en el mundo.

Por todo ello, y sin partidismos, porque apoyaría a cualquier torero (y recalco “cualquier”), que apostara por enfrentarse a la diversidad de encastes, quiero mostrar mi reconocimiento a Iván Fandiño por su apuesta y por enseñarnos lo esencial de la experiencia taurina a lo largo de la historia.

Suerte a todos.

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